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domingo, 20 de abril de 2014

Orientaciones y consejos, para los padres, sobre las medidas a tomar con los hijos, tras el proceso de separación o divorcio

Hijos del divorcio
1. JUSTIFICACIÓN DEL PRESENTE ESCRITO

Cuando se elaboró el PEC. y posteriormente otros documentos como fueron el de CONVIVENCIA y, más recientemente, el de ATENCIÓN A DIVERSIDADE, se hizo un estudio de la realidad educativa de nuestro contexto para determinar las necesidades educativas más acuciantes.

Para ello, se partió de un documento de las páginas Web de la Xunta en la que estaban elaboradas y clasificadas por apartados las posibles necesidades que se podrían dar en una comunidad educativa. Tomando como base esta clasificación se tiró de archivo en el Departamento de Orientación para determinar el número de alumnos que habían sido diagnosticados y encuadrados en estos grupos, y los que , recientemente, una vez evaluados, son atendidos por las especialistas.

De todos los grupos recogidos en esa página clasificatoria, el que más alumnos acoge, el U, se refiere a alumnos con situación familiar y/o social desfavorecida. Dentro de la amplia y variada gama de casos que lo integran, está el de aquellos alumnos que son víctimas de la separación o divorcio de sus padres.

La ruptura familiar siempre supone una vertiente jurídica, todavía reciente en nuestro país, ligada a la presente etapa democrática, y la vertiente educativa y emocional. De este campo los jueces ni si ocupan ni están formados, ni dan consejos, sólo sentencias. Por consiguiente, corresponde a los educadores, en concreto a los tutores, con quienes tienen relación los padres por darse la casualidad de ser los profesores de sus hijos, motivo más que justificado –por el hecho de conocer a su hijo- para pedirle un consejo acerca de las mejores medidas a tomar, como consecuencia derivada del proceso de separación o divorcio llevado a cabo.


Así pues, como profesores, nos corresponde no sólo la faceta instructiva –la transmisión de unas materias- sino la faceta educativa, que ya integra los aspectos emocionales, la personalidad. Esto anterior nos exige una mínima base de conocimientos para poder dar un consejo fundamentado en estudios y opiniones de expertos.

Cuando unos progenitores deciden separarse, se producen unas situaciones desgarradoras con consecuencias negativas, casi siempre, para los hijos. El cambio de condiciones en el matrimonio supone el tomar medidas que muchas veces producen incertidumbre por las repercusiones o consecuencias negativas que puedan tener sobre los hijos, sobre todo cuando hay varias alternativas para elegir y no se sabe cuál es la menos perjudicial.

Con este fin elaboramos este trabajo, basado en el estudio y publicaciones realizadas por psicoanalistas tras la larga experiencia de atender estos casos. Citaremos los dos básicos en que más non apoyaremos; uno es “Hijos del divorcio” de J.L Despert, y el otro “Cuando los padres se separan” de Francoise Dolto, aunque echaremos mano de otros textos como pueden ser Diccionario Psicoanalítico de Psicopatología del niño y del adolescente o Enciclopedia del niño y del adolescente.

SENTIMIENTOS Y EMOCIONES VINCULADAS A LA SEPARACIÓN DE PADRES

El sentimiento de culpa hacia los hijos es una emoción que la mayoría de padres y madres comparten cuando se tienen que enfrentar al fracaso de su matrimonio, aún aquellos que difícilmente adivinan toda la profundidad de la perturbación de sus hijos.

Muchos consejeros informan que este sentimiento de culpa es la primera reacción intensa que expresan los padres. Se revela en una variedad de maneras que tienen no obstante un denominador común. “Debemos haber fallado de algún modo”, “Supongo que no he sido una buena madre”; y por parte del padre “¿Cómo enfrentaré ahora a mi hijo?” Esta autoacusación aparece con palabras casi idénticas en innumerables protocolos.

La culpa es una de las numerosas complicaciones emocionales de la separación de padres. El divorcio no es solamente un proceso legal. Es una experiencia emocional de explosiva intensidad. La aflicción y la postración nerviosa, el temor ante el futuro, el sentimiento de fracaso, el rechazo, el derrotismo; y también el resentimiento, la frustración, la autoconmiseración y la ira; todas estas manifestaciones deben esperarse, tienen que irrumpir de una u otra manera, aislada o conjuntamente, en alguna de las fases del proceso de separación y/o divorcio, y especialmente en sus comienzos.

Es importante dar a estas reacciones plena oportunidad de expresarse y desenvolverse. Cuando se las mantiene ocultas aumentan enormemente las tensiones existentes entre padres e hijos. El primer objetivo de su campaña es el de sentir juntamente con sus hijos, el de mantener su confianza y de robustecer la seguridad que tienen en su amor.

Pero por otra parte, los hijos también pueden hacer intensificar las emociones ligadas a la separación. Así, algunos padres pueden llegar a sentir verdadera inquina por sus hijos por la razón misma de que ellos aumentan sus problemas y les hacen sentirse culpables. Cuando a menudo hemos oído estas palabras: “Si no fuera por los chicos, habría sido fácil comenzar de nuevo.

La inquina que uno de los cónyuges siente hacia el otro en el matrimonio fracasado, incide también en la relación existente entre padres e hijos. Que un hombre y una mujer que han fracasado en el matrimonio alimenten luego mutuamente sentimientos hostiles, es algo que cabe esperar, en la medida en que nos fundemos en la experiencia del comportamiento humano. Si en lugar de sepultar estos sentimientos se pueden sacar a la luz y puede liberarse su fuerza dinámica en una dirección segura, estos sentimientos perderán entonces buena parte de su fuerza lesiva potencial.

Este es uno de los aspectos valiosos que tiene el contar con una persona en la que pueda confiarse, especialmente si se trata de una persona que pueda se objetiva al mismo tiempo que comprensiva y que pueda prestar apoyo al padre o a la madre cuando cualquiera de ellos se propone seguir una conducta prudente. Esta es la razón por la que se recomiendan con frecuencia los servicios de consejeros matrimoniales, las clínicas y los psiquiatras, no necesariamente porque se juzgue indispensable un tratamiento, sino más bien para liberar unas tensiones emocionales.

El primer paso, entonces, para que un divorcio sea exitoso, consiste en que los padres se tomen el tiempo necesario para hallar la ayuda que precisan, para comprender y evaluar entonces sus propias emociones en la situación del divorcio, tanto en cuanto se trata de las que abrigan mutuamente entre sí, como de las que experimentan hacia sus hijos.

El segundo paso es comprender al hijo/a.

NECESIDADES EMOCIONALES DE LOS HIJOS

El primer propósito de los padres debe ser el de comprender las necesidades emocionales de los hijos y encontrar modos saludables de satisfacerlas. El peligro más serio a que se hallan expuestos los niños consiste en la privación del apoyo emocional que necesitan para desarrollarse. Una de las tranquilidades que la moderna psiquiatría infantil puede ofrecer a los padres, es la de que un niño puede absorber y sobrevivir casi cualquier experiencia dolorosa, si está seguro del amor de su familia.
Prácticamente la primera reacción del niño especialmente de un niño muy pequeño que no tiene la posibilidad de comprender las sutilizas de una relación adulta, es la de que el padre, que ha dejado el hogar, lo ha abandonado.

Por otra parte, si los padres pueden sentirse culpables, también los niños pueden sentirse así, y con frecuencia efectivamente esto ocurre. Siguiendo pasos que al adulto le parecen misteriosos pero que para él son muy lógicos, el niño puede llegar a la conclusión de que él es el responsable de la separación de sus progenitores.

El modo preciso cómo un padre puede librar al niño de su sentimiento de culpabilidad por el divorcio, darle la seguridad del amor de sus padres, restablecer su confianza y su seguridad a despecho de los numerosos cambios que se producen en su vida, todo esto, dependerá de la edad y el sexo del niño, de la situación individual, y de las personalidades tanto del niño como de sus padres. Examinaremos luego algunos de los modos que, aplicados a la resolución de estas confusiones emocionales de los niños, han resultado exitosos en la práctica.

Por último, para rematar este punto, los padres, para no tomar medidas irreflexivas sabiendo que todas tienen sus repercusiones, deben tener presente lo siguiente: algo que puede ayudarles a lograr comprensión y paciencia, es el recuerdo de que detrás de estos mezclados sentimientos, está el sentimiento supremo del miedo. El niño, consciente de su impotencia infantil, tiene miedo –miedo de que se lo deje solo y sin cuidados.

CUANDO LA SEPARACIÓN SE AVECINA

Antes de dar el paso definitivo hacia la separación se pasa por un período que puede ser más o menos largo. Aún si la decisión resulta eventualmente la del divorcio, el tiempo que se dedica a considerar la situación está bien empleado. Un divorcio en el que se entra con resentimiento e incomprensión es una experiencia destructiva, pero un divorcio en el que se ha tratado de aclarar al máximo la situación, en el cual se ha hecho un esfuerzo por resolver las diferencias y aliviar las presiones emocionales, puede ser un paso positivo para todos los que están implicados en él.

Mientras tanto, ¿qué ocurre con el niño/a? Mientras sus padres es esfuerzan por resolver la crisis que atraviesa su relación, él no puede evitar sentir las tensiones que se producen en el hogar aun cuando el comportamiento exterior mutuo de sus progenitores sea controlado. Si consultan a un consejero es probable que éste quiera ver al niño. Aunque el niño no pregunte y no presente signo alguno de que percible nada extraordinario, es prudente suponer que está al tanto y que se halla en cierto grado perturbado.

¿Qué deberá decírsele?

Ante todo, mientras subsista alguna incertidumbre sobre si los padres se separarán, no debemos preocupar al niño introduciendo la idea de la separación. No hay necesidad alguna de sugerir la posibilidad de una ruptura del hogar hasta que ella esté definitivamente decidida.
No obstante deberá usted decirle al niño alguna cosa, y no deben ser fantasías ni cuentos de hadas, sino la verdad. La primera tarea consistirá en poner de manifiesto el hecho de que el desacuerdo existe.
Las palabras que eligirá usted para expresar esto dependerán naturalmente de la edad del niño y de sus desarrollo.

Los mayores se disgustan a veces enormemente entre sí, como hacen los chicos, podría decir ud. Los mayores se equivocan también. Papá y mamá piensan que han cometido algunos errores. Están disgustados el uno con el otro porque tropiezan con dificultades.

Puede parecer que el niño queda contento con esta explicación. Pero debemos recordar que un niño no absorbe todo de una sola vez.

Tratará ud. De evitar la mención de los puntos específicos sobre los que se centran sus diferencias, y especialmente aquéllos que implican al niño. Tratará ud. de evitar toda referencia pasajera al progenitor ausente, por más que crea que es él el culpable, porque esto puede solamente lastimar al niño. Tratará de ahorrarle la dolorosa experiencia de tener que tomar partido entre sus progenitores.
Aunque la ansiedad del niño gira difusamente sobre toda la situación, hay no obstante, un aspecto muy concreto: necesita saber especialmente que él no tiene la culpa, y que sus padres le siguen queriendo.

EL MOMENTO DE LA SEPARACIÓN

Se ha llegado finalmente a la decisión de que no pueden seguir viviendo juntos.
Ahora se preguntan: ¿hay algún momento que sea más adecuado que otro para divorciarse? ¿La edad de los niños influye en su capacidad de adaptarse al divorcio? ¿Deberían esperar por el bien de los niños?, y si así fuera, ¿cuánto tiempo? Hay una situación muy concreta a la que están vinculadas estas anteriores preguntas: si hay un niño muy pequeño. El foco emocional de un niño que se halla por debajo de los cinco o seis años es su madre; su estabilidad emocional depende estrechamente de la de ella. La cuestión que deberían plantearse los padres de un niño pequeño es la de qué puede ser la madre para el niño, cuando el padre deja el hogar.
Se pueden formular cuatro principios que ha de servir como guía para su primer examen de la situación de divorcio (o separación) con un niño de cualquier edad:
  1. Reconozca que se ha tomado la decisión de separarse. Él sabe ya que el problema existe, y hablar con ud. calmosa y simplemente sobre la separación inminente le ayudará a aliviar su ansiedad.
  2. Reconozca que los adultos pueden cometer errores, y que sus padres los han cometido. Es preciso que acepte algún día el hecho de que sus padres sor seres humanos.
  3. Asegúrele que en ningún sentido debe culparse por lo que ha sucedido entre sus padres. Sea lo que fuere lo que hubiera podido decirse en momentos de ira o impaciencia, el problema existe únicamente entre sus padres, y él queda enteramente aparte. De este modo lo ayudará ud. a aliviar el sentimiento de culpa con que la mayoría de niños cargan cuando se producen problemas entre sus progenitores.
  4. Finalmente, y esto es lo más importante, asegure ud. de todos los modos posibles que a pesar de las diferencias que ambos cónyuges tienen entre sí, los dos lo quieren todavía como siempre lo han querido.

LA REACCIÓN DEL HIJO/A

Es preciso estar preparado para afrontar una intensa reacción por parte del niño.El primer anuncio abierto que se le haga será seguramente doloroso y mostrará probablemente su aficción. Pero la expresión de esta aflicción, si si produce, es algo que lo aliviará, y ud. no debe intentar estorbarla.
Antes de que pasemos a referirnos específicamente a los niños de distintas edades, es preciso hacer una prevención más respecto al sentimiento de culpa en el niño. El niño se asgna la culpa sin que sea preciso incitarlo a ello. Interpreta esta perturbación que se le ha venido encima, como un castigo por algo que ha hecho, o quizás por algo que ha deseado. Ud. deberá asegurarle, no una sola vez, sino muchas, que él no es la causa del divorcio, que lo que ha ocurrido entre sus padres es algo con lo que él no ha tenido que ver.

EL DIVORCIO Y EL NIÑO DE CORTA EDAD (hasta los tres años)

Para el niño que está todavía en la primera infancia, la madre es lla intérprete natural del mundo exterior, y por lo tanto es lo usual que la madre sea quien le presente la situación del divorcio.
Y sin embargo tiene gran importancia que en este momento se le demuestre al niño el amor de su padre. Uno de los modos como el padre puede demostrarle su amor, puede ser el de tomar parte en el acto de darle al niño las explicaciones necesarias. Si hasta este momento no ha estado próximo a su hijo o a su hija, no puede ahora ganar a la fuerza su confianza.
A veces, asimismo, las diferencias entre marido y mujer tienden a convertir la relación que cada uno de ellos tiene con el niño, en competencia por ganarse el afecto de éste. Ambos deben prevenirse contra esto. Para el niño de corta edad, su padre y su madre son los padres, un solo concepto. Cualquier esfuerzo tendiente a disminuir su amor por uno de ellos a favor del otro puede alterar su confianza en ambos.

En esta primera infancia, lo más importante es que sienta la seguridad del amor.
¿Qué puede decir un padre al niño de pocos años al que abandona? Formulada de este modo, la situación es casi demasiado conmovedora y dramática, y sin embargo no precisa llegar a esto.
Debe ud. decirle, puesto que es la verdad, que ud. abandona el hogar –pero no con evasiones relativas a negocios u otras razones ficticias que puedan servir para explicar su partida. En la mente del niño no debe quedar duda alguna: sus padres van a vivir separados. Evitará toda referencia a las diferencias que tiene con su mujer, diciendo simplemente que mamá y papá no se entienden bien y van a vivir separados. Le repetirá, para recalcarlo, que ud. va a volver a verlo pronto y seguirán haciendo las cosas que a ud y a él les ha gustado hacer juntos en el pasado.
Hemos estado hablando del papel del padre cuando la madre sigue cumpliendo sus funciones. ¿Cuál será su papel si es la madre la que se marcha?
En tal situación al padre le cabe una considerable tarea. Por más afligido que pueda sentirse, puede dar por seguro que el niño se siente mucho peor. El niño ha sido rechazado y abandonado por la persona adulta que más significaba para él y en quien había puesto necesariamente su fe y su amor más grande.

Este niño necesita de su padre la inmediata y convincente expresión de su amor y confiabilidad. Papá está aquí todavía, y papá se queda. Papá no lo abandonará.
Tan pronto como resulte posible el padre busca por lo general una madre sustituta, una parienta o una amiga, o alguien que administre la casa, que pueda desempeñar el papel de la madre no sólo en lo que concierne a la atención del niño, sino también en relación con su afecto.
Todo esto es suficientemente claro. Lo que no lo está tanto, y suele pasarse por alto en la confusión del hogar y a causa del comprensible resentimiento del padre, es que el niño/a necesita también que se le ayude a conservar de su madre todo lo que pueda salvarse.
“¿Va a volver?” Ud. espera que así sea. Mientras tanto ud. y él pueden arreglárselas juntos. Y procederá ud, a hacerlo así. El realizar las actividades rutinarias a las que está acostumbrado es algo que confortará al niño más que una larga explicación verbal, y tendrá la seguridad del amor de su padre no sólo verbalmente expresado, sino también demostrado en los hechos.
Cuando una parienta o alguna otra persona a quien se encomienden las tareas de la casa se haga cargo del cuidado del niño, debe inculcársele la importancia que tiene referirse a la madre ausente únicamente en los términos positivos que ud. ha empleado.

COMUNICACIONES ENTRE LA MADRE Y EL NIÑO EN ESTA ETAPA

Consideremos ahora, la situación más común, aquella en que la madre se queda y el padre se va. Supongamos que el padre ha dejado la casa de modo repentino. Generalmente la esposa no cree en un primer momento que la partida de su marido sea permanente. Ella dice, y lo cree, “papá volverá”.
Pero a medida que el tiempo pasa y el marido no vuelve su seguridad disminuye y su incertidumbre se comunica al niño. El niño puede preguntar “¿cuándo vuelve papá? Y “¿por qué se fue?”
Ahora que ella no está ya segura de sí misma y comienza a sentirse ansiosa, deberá medir sus respuestas. “Papá estaba enojado y perturbado. Estaba tan perturbado que no hizo las cosas como las hubiera hecho si hubiera estado como siempre. Quizá vuelva.”
“Es que papá estaba tan perturbado; esperamos que esté bien. Estamos tratando de encontrarlo (si interviene la policía) y ayudarlo.” Nada se ganará con dramatizar la situación, y no puede hacerse más que daño si se ataca al padre ausente con amargura y resentimiento.

La mujer que tiene que explicar a sus hijos que el padre la ha dejado por alguien a quien prefiere, se halla en una situación penosa. Sabe que ha sido rechazada a favor de otra mujer. Su aflicción es profunda y puede quizá sentir que debe justificarse de algún modo ante sus hijos.
Adoptará un conducta inteligente si busca una salida para estos sentimientos dolorosos en alguna amiga o pariente en quien pueda confiar, de modo que con sus hijos pueda comportarse de un modo que les infunda clama y los conforte. El niño pequeño no debería verse comprometido en la lucha que ella libra por recobrar la confianza en sí misma.; esto sólo puede confundirlo. Lo que él precisa es saber que su madre lo quiere y que su padre lo quiere igualmente, sea lo que fuere que ha ocurrido entre ellos.

Esta madre puede decirle “Papá ha encontrado una nueva esposa. La quiere y quiere estar con ella, pero también te quiere a ti. Vendrá pronto a visitarte.
El niño/a puede aferrarse muy tenazmente a su esperanza de que toda esta cuestión de la separación, el divorcio y el nuevo matrimonio, pasará algún día y que sus padres vivirán juntos nuevamente.
Los niño de corta edad se aferran a la idea de que sus padres son una sola cosa. Cuando se produce una separación y un nuevo casamiento, es deber de los padres ayudar a los niños a abandonar esta idea.

El niño/a frente a la presencia del padrastro

Una vez que ha aceptado la realidad de sus padres como individuos distintos, el niño de pocos años puede lanzarse a una nueva campaña, una campaña que tiene como finalidad encontrar un reemplazante de su padre, de modo tal de poder contar nuevamente con la unidad de un padre y una madre que vivan juntos.

Cuando el padre se ha enamorado de otra mujer, el niño de corta edad se confrontado primeramente con la pérdida de su padre y sólo más tarde con la entrada en escena de un nuevo padre si la madre vuelve a casarse. Cuando la madre se ha enamorado de otro hombre, en cambio, el niño debe dejar de lado su propio padre (por lo menos en el hogar) y aceptar casi al mismo tiempo uno nuevo.

Teniendo en cuenta su propio bienestar al mismo tiempo que el del niño, y para proporcionarle a su nuevo matrimonio mejores posibilidades de éxito, la madre obrará inteligentemente si se toma el tiempo necesario y prepara al niño para su nuevo padre. La situación exige también algo más de parte del presunto padrastro. Éste debería comenzar a elaborar una relación amistosa con el niño antes de ponerse en la posición permanente de marido y padre.

El niño/a frente a la madrastra

Por lo general la madrastra no tiene mucho que ver con el niño de corta edad, porque éste permanece en la mayor parte de los casos con su propia madre y allí recibe la visita de su padre. Cuando se producen encuentros entre la madrastra y el niño, ella puede descubrir que el niño presenta muchas dificultades para aproximársele, porque en estos años tempranos el niño se halla todavía tan próximo a su propia madre que es casi parte de ella.
¿Qué es lo que siente el niño? Ve la llegada de esta extraña como una amenaza. Ha perdido ya a su padre y puede temer que esta mujer desconocida pueda separarlo también de su madre. Si ha perdido a su madre, puede tener mayor necesidad de esta nueva, pero probablemente se sentirá también más temeroso y ansioso.

LOS AÑOS DE LA SEGUNDA INFANCIA Y DE A ADOLESCENCIA

Durante esos años intermedios que van desde la primera infancia a la adolescencia el niño comienza a expandir su mundo más allá de las cuatro paredes del hogar, y a incluir en él a la escuela, los lugares donde juega y el vecindario. Establece relaciones independientes y quizá amistad con otros adultos que no son sus padres; conoce a sus maestros, a los padres de sus amigos, a algunos de los comerciantes del vecindario. Tiene compañeros de colegio y camaradas de juego.

Por lo general, aunque ello no ocurra necesariamente en ciertos casos individuales, el niño/a que atraviesa esta edad intermedia comienza a ser menos dependiente de su madre y a volverse hacia el padre. El niño establece a menudo un compañerismo activo y creciente con su padre. La niña no expresará quizá, tan abiertamente su interés por el padre, pero cada vez le presta mayor atención y realiza tentativas de establecer con él una relación distinta y separada de la que tiene con su madre.
¿Cómo se debe ayudar a los niños que pasan por esta edad intermedia a aceptar el divorcio? Se debe recordar que aunque ellos no formulen ninguna pregunta y pueda parecer que no necesitan explicación alguna, es importante lograr que confíen en ud.

El niño que no habla

Cuando se trata de un chico, la mera comunicación con él puede dar algún trabajo. Durante el período tormentoso del divorcio puede Ud. notar que come poco o duerme mal, que remolonea para venir a la mesa, que tiene dificultades con sus deberes, y, sin embargo, al mismo tiempo puede rechazar sus ofrecimientos de ayuda. Cuando ve Ud. que no se resuelve a salir a jugar, que no tiene ganas de unirse a sus amigos en las actividades que anteriormente tanto le complacían, le pregunta Ud. “Qué te pasa?”, y su respuesta será probablemente “Nada, mamá”.

Es más conveniente dar por sentado que Ud. sabe qué está pasando, y su primer esfuerzo debe ser el de hacerle saber que Ud. lo sabe. En lugar de repetir “Pero, ¿qué es lo que pasa, no me puedes contestar?” irá Ud. más lejos si va directamente al asunto y dice que sabe cuáles son algunas de las cosas que él siente. Ud. comprende que está confuso y alterado. También Ud. está alterada. Ud. y él pueden tratar con conversar juntos.

Quizá no obtenga una respuesta inmediata. No lo presione para hacerlo hablar; el impulso que siente Ud. de hacerlo así no es más que la expresión de su propia ansiedad, ligeramente disfrazada ante sus propios ojos como un esfuerzo objetivo por sonsacarlo.

Pero no se descorazone. Esté siempre disponible para cuando él quiera volverse a Ud. Él desea y precisa la confortación que puede Ud. proporcionarle, pero sus sentimientos de ansiedad, de resentimiento y de culpa por lo que ocurre entre sus padres, obran como una barrera surgida entre Ud. y él. Mostrándole que comprende muchas de las cosas que no puede decir, Ud. puede ayudarle a romper la barrera. El simple reconocimiento de que también está afligida, de que Ud. y él están juntos en este problema, lo ayudará a acercarse.

¿Cómo puede Ud. ayudarlo? Ante todo permitiéndole al niño expresar estos sentimientos, y en segundo lugar poniendo en claro las realidades de la situación. También en este caso, como con el niño de pocos años, responderá Ud. a las cuestiones tácitas, a las preguntas que él no ha formulado: sus padres no se llevan bien, pero lo quieren y él no tiene la culpa de nada de lo que ocurre.

La hija hostil

Con frecuencia, durante este período la hostilidad de la hija se dirige de un modo muy determinado hacia su madre. Su padre significa mucho para ella; su competencia con la madre por el amor del padre se ha vuelto más abierta y agresiva. Es probable que sienta que su madre ha ahuyentado a su padre, o, si es un poco más grande, que su madre no ha sido una buena esposa en el grado necesario para conservarlo. En beneficio de ambas reviste suma importancia hacer expresa la hostilidad de la niña. La madre puede aliviar en gran medida la presión que ambas sienten, expresando con claridad que comprende que su hija esté disgustada con ella y por qué lo está. Ella ha tratado de explicarle por qué se ha ido su papá, pero sabe que esto es difícil de aceptar para una niña como ella. En lugar de mantenerse disgustadas, ¿por qué no conversar el asunto?

Los padres deben comprender que a los niños les queda un eco doloroso de las discusiones y altercados que precedieron al divorcio, y que esto les produce sentimientos de desasosiego hacia el progenitor ausente y de resentimiento hacia el que permanece en el hogar o bien al revés.

Protegiendo al progenitor ausente

Para el progenitor que permanece con el niño la posibilidad de destruir su amor por el que ha partido se le aparece como una fuerte tentación. Como hemos dicho varias veces ya, esto puede constituir un alivio temporario para el progenitor que así lo hace, pero al niño no puede hacerle más que daño. Su efecto es el de mantener vivas la amargura y las incomprensiones que son fuentes de tantos dolores para padres e hijos en las situaciones de divorcio.

Tanto en el caso de la niña como en el caso del niño debe Ud. tratar de proteger la imagen del progenitor ausente. No es necesario ni deseable construir una versión idealizada del mismo, o justificar sus debilidades. Pero si el niño oye “A tu padre no le importas un bledo”, esto puede tan sólo lastimarlo. Sean cuales fueren las conductas reprochables del progenitor ausente, habrá siempre algunas cualidades positivas que pueden recalcarse.

Lo que la madre puede hacer calmosa y discretamente, es contrarrestar los temores del niño recordándole aquellas cualidades positivas que ambos saben que el padre posee, y aquellos placeres que el padre e hijo acostrumbraron gozar juntos en el pasado.


¡Yo no me casaré nunca!”

El niño que atraviesa por esta edad intermedia, puede responder al divorcio con un rechazo total del matrimonio: “¡ Yo no me casaré nunca!” Lo que hace es proyectar en su propio futuro con la capacidad de juicio de un niño y con su incapacidad de comprender las complejidades de las relaciones adultas. Ha sido herido. Ha visto a sus padres desdichados en su matrimonio y ha sentido que también a él se lo hacía desdichado. Por lo tanto el matrimonio es algo malo, y no quiere tener nada que ver con él.
Ud. puede ( Y DEBE) ayudarlo a formarse un juicio más ponderado de lo que ha ocurrido. Dígale que siente como él el hecho de que haya sido lastimado, pero también que Ud. sabe que el matrimonio no siempre resulta de este modo.La mayor parte de los matrimonios marchan bien. Uds. Han cometido errores. Este reconocimiento, aunque a los padres les resulte difícil hacerlo ante un niño, es importante para que éste comprenda por completo la situación.

El niño preadolescente y el adolescente

El niño que ha pasado la edad de los doce años ha alcanzado ya la edad de la independencia física y goza también de una relativa independencia emocional.
Lo que alcanza proporciones importantes y crecientes en estos años, es la imagen que se forma el niño del padre y de la madre. Esto es lo que habrá de influirlo en su propio rol del adulto, an sus actitudes hacia el otro sexo y hacia el matrimonio.

Ud. puede hacer mucho para facilitarle o dificultarle a su hijo la consecución del éxito en la vida adulta según el modo cómo disponga Ud. durante este período la experiencia que tendrá el niño del divorcio. El adolescente no dice por lo común, como el niño que vive la etapa anterior, “¡No me casaré nunca!” Puede en cambio desarrollar actitudes que posteriormente serán la causa de que tema toda experiencia sexual, u opte por la promiscuidad, que tenga miedo de dar su amor, que huya de una relación permanente, o que adopte una actitud cínica frente al matrimonio.

Tanto para los muchachos como para las muchachas, la mejor garantía de un futuro satisfactorio en su matrimonio, es una satisfactoria imagen paterna. Así, la preocupación principal de los padres de un hijo adolescente, es la de salvaguardar su imagen del padre y de la madre.

DESPUÉS DEL DIVORCIO

Las consecuencias del divorcio crean una variedad de situaciones delicadas respecto a las cuales conviene que los padres piensen un poco de antemano. Probablemente las pugnas más frecuentes y familiares entre los que fueran los cónyuges de un matrimonio surgen respecto a dos cuestiones: la una es el dinero, y la otra el ejercicio de los privilegios de visita por parte del padre.

Cómo hacer más llevadera la etapa difícil

En reiteradas oportunidades hemos mencionado algunas de las reacciones que los padres pueden esperar por parte de los hijos durante y después del divorcio. La desgana, la inapetencia, el dormir mal, las dificultades con la escuela, el comportamiento irritable y hostil, son tan naturales en un niño con problemas como sus equivalentes en el adulto que también los tiene. Muchos de los comportamientos que se producen en el comportamiento del niño son tan sólo los que correspondería esperar como reacción a una desdichada situación dada. Una madre se queja de que su hijo se niega a salir y a jugar con sus amigos, sin darse cuenta de que ella misma sigue la misma pauta de apartarse de todo, declinando invitaciones, permaneciendo día y noche sola en su casa.

El niño que antes del divorcio tropezó con dificultades, puede mostrar ahora un grado considerable de perturbación. No cuenta con los recursos de que dispone para salir del paso un niño bien adaptado ante la ocurrencia de una crisis, y puede precisar de ayuda exterior. Pero las reacciones que deben esperarse de ordinario de un niño en tales ocasiones, no deben resultar alarmantes para usted a menos que haya hecho todo lo que puede para crear una situación cómoda y persistan no obstante los signos de una desdicha excesiva. En ese caso una consulta puede bastar para tranquilizarla, o para obtener consejo sobre cómo ayudar de un modo más efectivo al niño.

No basta mantener para el niño la misma rutina que antes, fingir que la vida continúa como siempre. Este es el momento de realizar un pequeño esfuerzo adicional para aliviarlo de su preocupación por lo que ha perdido. Quizá no se sienta ud. con ánimo propicio para ver gente o recibir a los amigos y a la familia. Pero haga ud. ese esfuerzo por el bien del niño, si no por el propio; será mejor para ambos. Una relación demasiado concentrada entre usted y su hijo ofrece algún peligro. Expanda usted su mundo en lugar de contraerlo. Haga que reparta sus afectos sobre una superficie más amplia. No es necesario ni deseable un brusco estallido de actividad novedosa y sobreestimulante, se trata solamente de posibilitarle al niño una actividad algo mayor que ejercitada en el pasado. Anímelo a recibir la visita de sus amigos con mayor frecuencia, quizás a quedarse a pasar la noche en casa de aquéllos en oportunidad en algún fin de semana. Realice usted reuniones de familia. Invite con mayor frecuencia a los parientes que él prefiere y aquellos amigos suyos que al niño más le agradan.

Usted misma puede pasar más tiempo con si hijo en viajes y salidas que puedan interesarles a ambos. Dedique igualmente un poco más de tiempo a compartir con él la radio, la televisión y el cine; si puede compartir con el hijo alguna afición pero siempre sin forzar su interés: no fuerce su interés así como tampoco el del niño.

Esta es también la época de no tomar tan a pecho la cuestión de la rutina y de las obligaciones domésticas. Si su hijo olvida sacar la basura o llevar a pasear al perro, o se niega quizás a obedecer cuando usted se lo recuerda, déjelo pasar. Si su hija haraganea antes antes de hacer una tarea doméstica, u olvida guardar sus ropas y ordenar su cuarto, no adopte actitudes exigentes.
¿Podrá esta indulgencia crear malos hábitos? Muchos padres temen moderar la rigidez de las reglas, aunque su buen sentido les dice que el niño se comporta de este modo por causa de su propio trastorno, y que nada se ganaría con hacer una cuestión de estas pequeñas infracciones.

¿Deberá llevar usted al niño a su habitación?

Lo mismo vales para los hábitos de alimentación y sueño. Un niño puede comer muy poco o puede comenzar a atiborrarse vorazmente de comida y a aumentar de peso. El hacer una cuestión en torno a lo que come intensificará sus resentimientos; no le dará apoyo alguno ni le ayudará a comer más o menos. Lo que precisa es que se lo tranquilice respecto a las cuestiones que lo inquietan y que se lo alivie de la preocupación que estas cuestiones le provocan. Déle ud. lo que precisa, y verá si sus hábitos alimenticios no retornan gradualmente a lo normal.

El niño puede resistirse ahora a ir a la cama aunque antes acostumbrara hacerlo de buen grado. Un período de perturbación emocional reaviva a menudo antiguos temores o produce otros nuevos. Su hijo puede comenzar a tener miedo de cosas que no lo habían asustado desde la edad de tres años. Sus temores pueden impedirle dormirse, o puede desvelarse durante la noche.

Al niño pequeño pueden sobrevenirle pesadillas. Cuando un niño que atraviesa la edad intermedia o es aún mayor, muestra una reacción tan intensa después de las partida de su padre, esto indica que ya antes ha experimentado considerable ansiedad, y la situación presente ha exagerado su conflicto previo. Pero a su hijo puede ocurrirle tan sólo que le resulte más difícil irse a cama, que se demore, que encuentre excusas para permanecer levantado hasta horas poco razonables. A medida que la hora de acostarse se aproxima, las defensas disminuyen. El niño puede necesitar tan sólo que su madre se siente a su lado durante un rato en el momento de irse a dormir y que le dé un poco más de apoyo.

Supóngase que esto no basta. ¿Debería la madre llevar al niño a su propio cuarto?
Para la madre que queda sola con su hijo existen algunos riesgos especiales, Aún cuando no se llevara bien con su marido, se habrá acostumbrado progresivamente a la presencia de otra persona, quizás durante años, y ahora se siente sola. Inconscientemente ella podría volverse a su hijo como sustituto. El problema del chico es distinto. Extraña a su padre y siente ansiedad cuando piensa en su vida futura sin su padre. Necesita que se lo conforte, pero una proximidad excesiva con su madre puede despertar antiguos conflictos pertenecientes a su temprano desarrollo sexual que en gran medida se habrán apagado ya.

La madre que tiene conciencia de este aspecto de la relación madre-hijo, puede negarle la confortación que un niño necesita por temor de resultar perturbadora para el niño. Pero si ella es sensible a la profunda necesidad de independencia del niño, así como a la necesidad inmediata de ser confortado, no hay nada que temer.

Puede usted llevar a un niño pequeño que se siente perturbado a su propia habitación durante un corto tiempo. Aclare usted desde un comienzo que el arreglo es tan sólo temporal, por unas pocas noches o hasta que el niño duerma mejor y pueda volver a su propio dormitorio. Trate de evitar la reproducción exacta de la situación del padre. Traslada la cama del niño a su cuarto. Si esto es práctico y es preciso que utilice la cama gemela, disponga de otro modo el moblaje. O si no es posible introducir ningún cambio, lleve a su cuarto el cubrecama del niño, algunos de sus juguetes , quizás una silla que le pertenezca, para hacer que su cama tenga un aspecto de una cama de niño y su parte del dormitorio parezca el cuarto de un niño.



Una solución mejor para usted es la de dormir en el cuarto del chico; quizá haya allí un catre, o espacio para colocar un catre en el que pueda haber dormido una enfermera o una niñera. Nuevamente ponga usted en claro que esto sólo será por un tiempo, hasta que pueda dormir solo. Asegurándole que esto es temporario le dará usted la tranquilidad adicional de que ud. sabe que este tiempo difícil pasará. El niño se sentirá robustecido tanto por la buena disposición con que lo ha ayudado, como por su confianza en que no es probable que la situación sea permanente. Vigile para advertir el momento cuando el niño se haya tranquilizado, pero no lo presione para que vuelva a dormir solo antes de que esté listo para ello. La sugerencia puede provenir inclusive de él, no siempre en términos lisonjeros: “… roncas demasiado”, etc.

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