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sábado, 28 de octubre de 2017

El sentimiento de identidad: Tú, ¿quién eres?

La razón básica, fundamental, que se esconde tras el sentimiento de identidad es el miedo, el pánico a sentirse solo: si no pertenezco a algún grupo es como si estuviese sin vínculos en este mundo, indefenso. Por este motivo buscamos alguna comunidad con la que tengamos unas características más o menos comunes que nos justifiquen y tranquilicen (pueblo, provincia, comunidad, país).

Por ello, cuando a alguien se le formula la pregunta: tú, quién eres; responde con los mismos argumentos empleados cuando se hace a sí mismo la pregunta (y yo, quién soy), evidentemente para buscar una tranquilidad antes de que la angustia haga acto de presencia. Dichos argumentos son todos inconsistentes como veremos a continuación, pues no forman parte del "yo".

El primero que se suele utilizar es el lugar de nacimiento como demostración de una determinada identidad. Si yo nací en Galicia, soy gallego; pero si no se nace, ya no se cumple: en este caso Juan Pardo, por ejemplo, ya no es gallego porque nació en Mallorca. Otro supuesto: si yo nazco en Ourense y a los dos meses mis padres me llevan para Cádiz en donde vivimos más de 30 años, ¿sigo siendo gallego? Como se ve, confundimos la identificación del lugar de nacimiento con el sentimiento (ser y sentir).

Otro argumento del que se echa mano, es el idioma en el que uno se expresa, con el que también se justifican la nacionalidad y los nacionalismos. El idioma no es más que un instrumento, un medio de comunicación que no te identifica con un sitio, no es una cualidad intrínseca del “yo”. Puedo estar oyendo hablar a dos chicos de tez clara, a los que tomo por castellanos y resulta que son de Colombia. También conozco a dos chicas japonesas que hablan gallego con un acento perfecto que si no fuera por los ojos rasgados diría que son de las Rías Baixas. Este argumento le gusta mucho a los nacionalistas.

El tercer grupo de argumentos utilizado, son las experiencias y vivencias tenidas a lo largo de la vida y en relación con el sitio en donde uno se crió. Aquí se vuelve a utilizar algo externo para identificar algo interno (como es una vivencia) y así justificar la existencia de ese “yo”, aunque no sea cierto. Veamos: voy al pueblo y veo la casa en la que me crié. Me invaden los recuerdos en los que me veo corriendo por allí. Después abro la puerta; entro y veo el armario en donde descubro el traje que me había hecho el sastre cuando cumplí los dieciocho años. ¿acaso me estoy viendo realmente o es una simple vivenvia pasada? Efectivamente, todos son recuerdos a los que quiero aferrarme (como un náufrago) porque si no, no consigo verme. Pero la única realidad, es que no hay nada que ver, porque yo allí no estoy. Los recuerdos son un pasado que ya murió, no existe. Puede parecer duro pero es lo que hay. Lo auténtico cierto es que nosotros, lo único que somos, es pura conciencia.

Cuando son las fiestas de la ciudad y hay un pasacalles a cargo de la banda de música, que va interpretando un pasodoble gallego, (que son más suaves) se le pone a uno la piel de gallina, pero no por ser gallego, sino por la belleza; quién no se emociona cuando escucha "Paquito El Chocolatero" (nos referimos aquí a la pieza original de Gustavo Pascual Falcó), o hasta derrama alguna lágrima cuando suena un Chopin. Pero todo esto no tiene nada que ver con el sentimiento de identidad, sino con la sensibilidad ante una creación artística.

Así pues, el recurso del sentimiento del que también se echa mano en movimientos identitarios (sean los que sean), es una falacia.

Terminemos con unas palabras de Jiddu Krishnamurti, quien, hablando de estas cosas, de lo falsas que son, le respondió a un holandés en Amsterdan, que sorprendido por lo que estaba oyendo le preguntó si estaba loco. Esto le respondió:

[...] “Emitir un juicio implica vanidad; no importa que el juez sea neurótico o no: siempre hay vanidad. ¿Puede la vanidad percibir lo que es verdadero? ¿No se necesita gran humildad para mirar, para comprender, para amar? Señor, una de las cosas más difíciles es estar cuerdo en este mundo anormal y desequilibrado. Cordura implica no tener ilusiones, no tener imagen alguna de uno mismo o de otro. Usted dice: “soy esto, soy aquello, soy grande soy pequeño, soy bueno, soy noble”; todos esos epítetos son imágenes de uno mismo. Cuando uno tiene una imagen de sí mismo, seguramente no está cuerdo y vive en un mundo de ilusión. Me temo que la mayoría de nosotros vivimos así. Cuando usted se llama a sí mismo holandés -perdóneme por hablar así-, no está totalmente equilibrado. Usted se separa a sí mismo, se aísla al igual que otros lo hacen cuando se llaman a sí mismos hindúes. Esas divisiones nacionalistas y religiosas, con sus ejércitos, sus sacerdotes, evidencian un estado de desequilibrio mental.”(*)

(*)Krishnamurti, Jiddu. El vuelo del águila. Colección Orientalia. Primera edición. Barcelona: Editorial Paidós, 1986. 169 páginas. ISBN: 84-7509-291-8

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